Las sociedades tradicionales se regían por una lógica comunitaria que mantenía la cohesión social a través de símbolos, mitos, leyendas, discursos, etc. En la modernidad, una de las representaciones más eficaces y abarcativas fue, sin duda, el surgimiento histórico de la figura del “Estado-Nación”. A partir de allí y, paulatinamente, la hegemonía del Estado como eje de la comunidad fue desplazando a otras instituciones, como la Iglesia, que pasaron a cumplir un rol secundario. Se fueron forjando nuevas identidades, arraigadas en una lengua oficial, un territorio común, una historia compartida. Nacía la cultura nacional.
Ahora. Los tiempos han cambiado. Los lazos comunitarios y la lógica individual se fusionan y anulan en un movimiento permanente. A su vez, los Estados Nacionales pierden su razón de ser, a la luz de los efectos de la globalización y un capitalismo que no conoce de fronteras geográficas.
Ante este escenario, me cuesta entender a las personas que condenan a otros por querer irse del país, por buscar nuevos horizontes. Los primeros conciben a los segundos como “traidores” y los incitan a quedarse por “Deber a La Patria”. Pero yo me pregunto ¿Qué es en realidad “la patria”? Tiene sentido hoy seguir machacando con esto? No encuentro fundamento alguno que me baste para sostener semejante discurso.
No estoy contradiciendo la importancia de la comunidad para el desarrollo social de todo individuo, pero se me ocurre que, ante nuevas realidades, podríamos empezar a buscar nuevas formas de identificarnos y agruparnos, nuevas fuentes de sentido, no impuestas desde arriba sino legítimamente elegidas.
Opiniones al respecto?
569. Eco.
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Hace 7 años